jueves, 3 de diciembre de 2009

INVIERNO



A todos los que ninguna lágrima les sea indiferente

Si en cada recoveco del mundo, sólo veo lágrimas envueltas en miseria, palacios enrejados, trajes de firma y corbatas de seda... ¿Dónde habita mi sueño?

Mila Aumente

lunes, 16 de noviembre de 2009


TERTULIA, CENA Y COPAS DEL DÍA 14-11-2009
Escritores en Red. Asociación Literaria Marqués de Bradomín.
(Un hecho real como la vida misma)

Hasta que dejé de ser adolescente (creo que dejé de serlo a los cincuenta años, o sea, ayer), siempre que pensaba sobre los verdaderos valores de la vida, anteponía EL AMOR a cualquier tipo de sentimiento o circunstancia del ser humano. A partir de esa fecha dejé de creer en ÉL, no sólo en el de para toda la vida sino en ningún otro. Sin embargo, una vez puestos “los pies en la tierra”, comencé a disfrutar plenamente con otro tipo de sentimientos: la amistad y los sueños compartidos pueden unir a las personas y hacerlas crecer en el camino. La tarde-noche del día catorce la viví con la intensidad de una mujer madura con sensaciones de adolescente. Tanto en la tertulia, cena y copas posteriores respiré la magia de la ilusión que producen los sueños. Ésos que, hasta hoy, nada ni nadie ha podido quitarme. Conoceros a todos ha sido de las mejores cosas que han sucedido a lo largo de mi existencia. Soy consciente que como escritora me queda mucho por aprender. Y también sé que cada uno de vosotros contribuirá a ese aprendizaje.
Gracias a todos por demostrarme amistad y cariño.
Un beso.
Mila

miércoles, 4 de noviembre de 2009

EL CAVERNÍCOLA



A mi amiga Montserrat Cano, gran escritora.






Aquella mañana de lunes regresé a casa convencida de haber tomado una de las mejores decisiones de mi vida. Casualmente, la noche anterior, me había bajado la regla, y aunque posiblemente en esos días del mes no se deben tomar decisiones importantes, por el estado anímico y emocional de cualquier mujer, jamás me he arrepentido de cortar definitivamente, aquel domingo, con Ernesto.
Había pasado todo el día festivo con él; hicimos el amor, o mejor dicho: follamos como siempre, con ternura alternativa entre pasión y pausas, para recargar pilas y fumarnos algún que otro pitillo. Ernesto tenía la fea costumbre de poner la fotografía de sus tres hijos en la mesilla de noche de cualquier habitación del hotel donde con frecuencia nos veíamos clandestinamente. Él vivía en Almería y yo en Madrid. Él estaba casado y yo separada. No sé por qué, aquella noche, la carita angelical de aquellas criaturas me intimidaron especialmente. Me puse sensiblera, mientras mi imaginación me transportaba hasta mis primeros años de juventud: mis primeras peripecias, mi primer beso de amor, mis primeras sensaciones al sentir el roce de un miembro viril. Todo aquel cúmulo de recuerdos contribuyó a mi decisión de dejar a Ernesto... No había vuelta atrás; estaba harta de su cinismo. Además, él no correspondía al prototipo de hombre que desde siempre me había gustado. ¡Todo lo contrario! Ernesto era engreído, torpe, materialista, seductor y un sinfín de adjetivos que calificarían a una persona de odiosa, y que, casualmente, para mi desgracia, me habían hecho enloquecer por él. Mi voluntad y mis principios se habían quedado en el olvido. Durante años mi vida sólo tuvo un sentido: vivir única y exclusivamente para Ernesto. El dominio que ejercía sobre mí con sus continuos mensajes en el teléfono móvil, sus miradas seductoras y su comportamiento, a veces desconcertante, me produjo tal desequilibrio emocional que a punto estuvo de volverme loca. Ernesto no sólo era infiel a su mujer conmigo. Durante un tiempo me dediqué a hacer una especie de periodismo de investigación privado; tenía verdadera curiosidad por conocer la posible existencia de otras mujeres con las que simultaneara su cama. De pronto, descubrí que éramos cuatro féminas las victimas de aquel loco seductor, desconocedor del sentido del verbo amar. Me costó muchísimas lágrimas asumir mi enganche emocional y sexual a aquel monstruo que vivía únicamente para llevar a cabo su ambición profesional y para satisfacer sus fantasías sexuales.
En aquel tiempo yo tenía treinta y cinco años y estaba a punto de publicar mi primera novela, titulada “Mi primer Fracaso”... Supongo que inconscientemente decidí ponerle ese título, basado en mi propio fracaso matrimonial, aunque, en realidad, el argumento nada tenía que ver con mi vida. Y también supongo que fue la casualidad o tal vez el destino el que quiso que me encontrara con Modesto aquella mañana de Febrero en la editorial. Nos presentó Baldomero, el director. Modesto tenía cinco años menos que yo y había publicado, con éxito, tres libros. Aquel dato me hizo sentir especial admiración por él, además de no pasarme desapercibido su atractivo físico. Nuestra común afición por la narrativa propició nuestra amistad, un sentimiento que poco a poco se fue trasformando hasta convertirse en amor... ¡Estoy loca por él! Modesto y yo compartimos aficiones, sentimientos, cama y proyectos de futuro. Nos hemos comprado una casa en Vera, Almería. Desde la azotea, cada noche, juntos, miramos un cielo raso, estrellado y silencioso. El ruido del mar nos invita a abrazarnos. A veces, ya de madrugada, el agradable sonido, casi musical, de un arroyo cercano y el croar de las ranas, saltando entre sus aguas, nos despierta a la vida mientras sentimos lo más parecido a la felicidad.
Estoy muy contenta, mi novela es todo un éxito y ya he comenzado a escribir una nueva. Se titulará “El Cavernícola”. No tengo ni idea de por qué he elegido este título... ¡Me gusta! Además he de reconocer que en mi “equipaje” llevo el recuerdo de un hombre moreno, con barba; algo parecido a esos personajes de cuentos que vivían en cavernas, primarios, rudos y a la vez sensuales... Sí, lo tengo decidido, ese es el título que pondré a mi próxima novela.
Esta noche no subiré con Modesto a la azotea. Está a punto de llover. El arroyo crecerá y las ranas se sentirán muy felices. Me voy a acostar; algo me está pasando. En mi cabeza martillea una despedida. No es que quiera despedirme de nadie. Sólo es el recuerdo de un adiós, el que le dije aquella mañana de lunes a Ernesto. Aquel monstruo que me hizo sufrir y gozar, al que no olvidaré nunca. Ése cuyo recuerdo me estremece en noches como ésta, en las que las inclemencias del tiempo me impiden subir con Modesto a la azotea,. Estoy sola en mi habitación, desnuda, tendida sobre la cama. Cierro los ojos y noto que alguien con sus manos acaricia mi cuerpo. Amo a Modesto, pero no es la suavidad de sus manos las que estoy sintiendo en los rincones más ocultos de mi piel... Tal vez mañana, al despertar, comprenda qué me está pasando.

Mila Aumente

miércoles, 21 de octubre de 2009

A mi amigo y gran escritor, Emilio Porta, por su altruismo y solidaridad.

DESDE EL OTRO LADO

Un cristal invisible
separa mi vida
de aquella morera
de mi infancia.

Hoy,
para mi asombro
he visto
a través de él
un mundo:
sin guerras
sin odios
sin envidias
sin traiciones
sin desamor,
y a una mujer
con atuendo triste
como su vida
rodeada de gatos
que lamían sus heridas.

Por un instante,
he sentido
la lejanía
de nuestro primer beso
bajo la sombra
de aquel árbol
de frutos morados.
Mila Aumente

lunes, 28 de septiembre de 2009

CARA Y CRUZ



No me preguntes si hay alguien que sufra mi dolor. Ni me pidas la luna; me queda muy lejos. Acepta la oscuridad de aquellas noches, en las que tu ausencia lloraba en mi almohada.
Mila Aumente

lunes, 14 de septiembre de 2009

La telaraña, el relato que publico a continuación, contiene palabras que pueden herir la sensibilidad de algunas personas. Mis disculpas.






A Javier Ribas Tálens, por su gran sentido del humor

LA TELARAÑA

La cena fue perfecta: centollo, gambas, ostras... Todo regado con el mejor vino blanco, que entraba en nuestros cuerpos con la misma facilidad que el amor por las puertas de la adolescencia. La muy ignorante pensó que el marisco saboreado con inmenso placer, pronto surtiría efectos afrodisíacos en Vicente. Y que juntos recordarían activamente los revolcones de su noche de bodas, veinticinco años después. Llegaron a casa a las cinco de la mañana. Julia entró en el cuarto de baño, se desmaquilló y se dio una ducha ligera, por aquello de quitarse el sudor y el olor a tabaco de una noche de juerga. ¡Qué silencioso está éste! ¡No me hará la faena de quedarse dormido!, pensó.
Los ronquidos provenientes del dormitorio matrimonial evaporaron las dos gotas de Chanel nº 5 que había puesto en su cuello, para tener cierta similitud con Marilyn Monroe. Y el tanga de color rojo que su cuerpo lucía como único atuendo, le pareció una prenda desaprovechada ante semejante situación: Vicente roncaba tendido en la cama, vestido y con los zapatos puestos. Aquel paisaje tan desolador rompió las ilusiones de Julia, borrando su pasado feliz junto a él. Nerviosa, deambuló por los noventa metros cuadrados que llevaban compartiendo desde hacia un cuarto de siglo. Sus tres hijos estaban de “marcha”, por lo que disponía de tres camas libres para poder llorar su deseo y su rabia. Impaciente, con la mente enajenada, visitó las tres habitaciones, el salón y la cocina. Todo fue inútil: los ronquidos de Vicente llegaban hasta el extremo más alejado de su dormitorio.
¡Cerdo! ¿Cómo me puedes hacer esto?, pensó a la vez que una mezcla de angustia y mala leche la invitaron a cubrir su cuerpo semidesnudo con la bata guateada que conservaba desde hacia veinticinco años. Aquella antigüedad (me refiero a la bata), era la única verdad que le quedaba de aquel tiempo lejano.
Julia, en un arrebato de impotencia, abrió la puerta de salida, entró en el ascensor y bajó al cuarto trastero. Una telaraña colgando en aquel espacio de diez metros parecía moverse al advertir su presencia. Y ella, al ser consciente de su percepción, comenzó a hablar con la mirada dirigida al ángulo de tan deprimente estancia.
¡Ya no le pongo, estoy segura!.. No tengo que preocuparme. Su indiferencia sólo es la causa del cansancio y del estrés... Pobrecillo, trabaja demasiadas horas para que nosotros cuatro vivamos como marqueses. Además, cuando llega a casa siempre me encuentra con la bata puesta. Y tengo que reconocer , que ese detalle se la baja a cualquiera. ¡¡ Y una mierda!! El muy asqueroso no tiene justificación. En la discoteca he observado la lujuria con la que me miraban los tíos. ¡Ése no sabe lo que se está perdiendo; estoy buenísima! Un poco fondona, también es verdad. Sí, definitivamente es muy jodido acercarse a los cincuenta. Sin embargo, a mí, este tío no me come la moral. ¡Faltaría más!... Seguro que tiene alguna amante. A partir de mañana, cuando proyecte algún viaje de negocios, me fijaré detenidamente en el tipo de ropa interior que lleva en su equipaje. Él es muy coqueto y cuida con esmero esos detalles.
Yo también debería echarme un amante; a él este tanga que llevo puesto le pondría a mil por hora. No como a Vicente, que a buen seguro seguirá emitiendo esos ronquidos con sonido de búfalo, o de truenos en una casa desierta... ¡Cuántas cajas de zapatos hay aquí! Tengo que bajar cualquier día a ordenar este cuarto... Voy a mirar el móvil; seguro que Vicente me ha echado de menos y en cualquier momento llama o escribe. ¡Qué frío tengo y qué ridícula me siento!
Estoy entre cuatro paredes rodeada de trastos y juguetes de cuando nuestros hijos eran pequeños; ahí veo asomar la cabeza de la muñeca que regalamos a Susana el día de su séptimo cumpleaños. La niña, entusiasmada con su regalo, me dijo: Mamá cundo sea mayor quiero ser como tú y tener una hija igual que esta muñeca. Mañana le diré a Susana que no quiero que se parezca a mí en casi nada. Vamos, que sea todo lo puta que yo no he sido, más lo que le corresponda por la época que le ha tocado vivir. También le diré, que los tíos, incluyendo a su hermanos, son todos iguales: desleales e infieles. Resumiendo: auténticos gilipollas que nos rompen el corazón sin piedad ni posibilidad de arreglo. Y que sin embargo, gran parte del sector femenino no podemos prescindir de ellos... ¡¡Este cerdo ni llama ni escribe!! Tengo frío; ya son las ocho de la mañana; voy a subir a casa.
Lo que me imaginaba: Sigue roncando... ni siquiera ha advertido mi ausencia. ¡Cerdo, más que cerdo, te los voy a poner de todos los colores! Voy a intentar calmarme.
El miércoles por la noche veré en televisión mi serie favorita: El protagonista es un cincuentón que... ¡¡está buenísimo, y además me pone!! Total, Vicente pasa de mí y yo paso de todos los tíos que me voy encontrando por la vida. Sexualmente, ¿qué me queda?... Está clarísimo: montármelo con personajes de ficción... Al menos, ellos no podrán hacerme lo que hoy me ha hecho Vicente.

Mila Aumente

martes, 8 de septiembre de 2009

PERSEVERANCIA

La noche me sorprende buscándote por caminos imaginarios, sorteando obstáculos, centrada en mi búsqueda. Entre la sombras de la oscuridad, una voz me dice que la única senda es la trazada por uno mismo. En ella, apareces y desapareces como los sueños incumplidos. Veo transcurrir mi tiempo y doy posada a mis desvaríos. Más tarde, cuando el amanecer anuncia un nuevo día, regreso al punto de partida. Y vivo el inmenso gozo de escuchar el eco de tus pisadas mientras saboreo el beso que aún no me has dado.
Mila Aumente

martes, 1 de septiembre de 2009

LA BODA

A mi hijo Rubén

En el atardecer del día veintidós de Agosto de dos mil nueve, en la iglesia de Los Jerónimos, de Madrid, se respiran aromas de azahar e ilusión. Una mujer emocionada acompaña a su hijo hasta El Altar Mayor. Viste atuendo de color verde esmeralda; pendientes y sortija a juego. Su rostro permanece sereno, como el mar en calma. Y a pesar de que hay signos en su semblante que delatan el paso del tiempo, los invitados a la ceremonia elogian su belleza, aún no marchita. Esa misma mujer, a la misma hora, revuelve entre el archivo de sus recuerdos y deja volar su memoria hasta su día más feliz: Ahora, es veintisiete de Septiembre de mil novecientos setenta y cuatro; apenas tiene veinte años de edad y su adolescencia, todavía, pasea continuamente por su corazón. Siente dolor y el estallido de sus entrañas. Seguidamente, los gemidos de una nueva vida. Ella llora, llora de emoción. Mira a los ojos del recién nacido e intenta transmitirle el sentimiento que acaba de descubrir. Está aturdida, y se siente incapaz de asimilar “el milagro” que ha sucedido. Sin embargo, un instinto le llega desde muy adentro, quizá desde donde el alma se oculta. Toma en sus brazos al niño que acaba de nacer y le ofrece como alimento sus pezones adolescentes. En ese instante, comprende que su destino ya está escrito.

La mujer del traje verde paraliza el retroceder del tiempo. La realidad del presente vuelve a situarla en la calurosa tarde de Agosto: está siendo la madrina de boda del mayor de sus dos hijos... El tiempo ha pasado irremediablemente, y con él se han ido quedando frustraciones y sueños. Ella sonríe. Sabe que todo se va quedando en el olvido, excepto los recuerdos felices, ésos que permanecen vivos en el corazón hasta su último suspiro... como la primera mirada de “aquel bebé”.

Mila



lunes, 24 de agosto de 2009

EN AGRADECIMIENTO A SANTIAGO SOLANO, POR SU RELATO : "A LAS ONCE DE LA MAÑANA". (Publicado en su blog)

¡¡Qué sorpresa tan bonita, Santiago!! He hecho un paréntesis en mis vacaciones playeras para ser madrina de la boda de mi hijo Rubén y me encuentro este maravilloso regalo. Lo que escribes de "esa Mila" me ha producido tanta emoción, que estos ojos, siempre delatadores, no han podido controlar las lágrimas. Me encanta cómo describes las tazas, el hule... Y el hormigueo que esa mujer sintió aquel día tan especial.
Aquella tarde, las hormigas voladoras me transportaron a ese mundo donde habita mi otro YO. Y te aseguro, que fue un viaje excepcional.
Muchísimas gracias.
Un fuerte brazo.
Mila

jueves, 2 de julio de 2009

DERROTA

2 de Julio de 2009

Él se marchó huyendo de un sentimiento indebido. A ella, la buscó de por vida en el recuerdo, incluso en esas largas noches en las que la magia de la memoria acompaña al insomnio. –Fue una huida –le comentó aquel hombre: un pastor caminando al compás de su rebaño entre hierba fresca y aromas de lejanía. Los dos hablaban de ese amor que aprieta la sangre en el corazón, y en un preciso instante se desvanece como van perdiendo sentido los sueños. Dicen que un día murió con la memoria encadenada a su vida. En las cadenas... estaba mi nombre y mi cuerpo desnudo.

Mila Aumente

viernes, 19 de junio de 2009

19 de Junio de 2009

¡Hola, amigos lectores! Aquí tenéis mis dos nuevas creaciones. Ambas son de color gris oscuro... ¡Qué triste! Otro día, escribiré algo parecido (según algunas opiniones) a novela rosa. Confieso, que me encanta escribir ese tipo de cuentos. ¡Ojalá la vida tuviese alguna similitud con ese bonito color!

Mila Aumente

A MI TÍA LUCI

Cubiertos con sábanas negras, cada noche, los fantasmas de aquella casa se asoman al balcón. Desde sus ojos sin vida observan el mundo. Yo, a la misma hora, desde mi cama, me uno a ellos y cambio sus fúnebres atuendos por otros de exacto diseño, pero de color blanco. Después, todos juntos entramos al interior de la casa donde el olor a vida aún baila sobre las alfombras y el silencio de las paredes llora su dolor. En ese instante, una mujer morena y alegre como un mundo desconocido, desde sus ojos chispeantes, me regala caricias y sueños. Horas más tarde, amanece. Los fantasmas se esconden bajo las camas vacías. Yo cierro los ojos y sonrío, mientras veo cómo caen mis lágrimas en ese río por cuya corriente transcurren sus cenizas.

Mila Aumente

ACONTECIMIENTO FELIZ

Todo estaba preparado para la boda de Carlos. Su abuelo, D. Tomás, había utilizado sus influencias para que en el convite no faltara de nada: unas barras de pan rellenas de jamón y abundantes jarras de limonada yacían encima de las mesas de madera plegables. Su padre y sus hermanos, Federico y Tomás, aireaban los trajes que habitualmente utilizaban para bodas y entierros, ilusionados con poder lucirlos en esta ocasión, en la que suponían sería el día más feliz de la vida de su hermano. En aquel tiempo corrían los años cincuenta. Los medios de locomoción eran escasos y dificultosos, por lo que Enriqueta, que así se llamaba la madre de estos tres hermanos, acondicionó con esmero dos habitaciones de la vivienda para recibir paulatinamente a todos los invitados procedentes de otras ciudades. Carlos y Federico eran fuertes como robles. Su fama de mujeriegos era pública y notoria en el pequeño pueblo donde vivían. D. Anselmo, que así llamaban a su padre todos los habitantes de aquella localidad, sentía gran orgullo por aquellos dos seres que él denominaba como “su gran cosecha”.
Tomasín era el menor de los hermanos. Desde que nació, toda la familia le había considerado diferente. Su exquisita sensibilidad, su introversión y sus ademanes afeminados le fueron marginando en su entorno habitual. Tenía dieciocho años, y a Enriqueta le costaría mucho disfrazar el comportamiento extraño de su pobre hijo ante todos los familiares que ya estaban a punto de llegar para asistir a la boda.
La noche anterior al gran acontecimiento, D. Anselmo reunió en la intimidad a D. Tomás -su padre-, a su mujer y a sus tres hijos. Todos, alrededor de la chimenea, representaban la estampa de una familia feliz. Tomasín, retraído, escuchaba las palabras de su padre, mientras una mezcla de sentimientos, entre admiración, tristeza, frustración y miedo, recorría todos sus sentidos.
Su padre, en tono autoritario, se dirigió al futuro novio: Carlos, me siento muy orgulloso de ti, te llevas una mujer “de bandera”. Federico escuchaba a su padre, sintiéndose muy identificado con él, mientras Enriqueta observaba discretamente los ojos humedecidos de Tomasín.
Esa misma noche, los invitados, ya instalados en sus habitaciones, escuchaban confundidos el irremediable llanto del menor de los hermanos. Enriqueta, alarmada, salió de su cama mientras escuchaba los reproches de su marido: ¡Toda la culpa la tienes tú!, le dijo... Siempre quisiste tener una niña y lo que tienes es un maricón. Enriqueta cerró la ventana entreabierta, mientras divisaba a través de los cristales a una pareja de guardias civiles, con sus capas verdes, sus tricornios y sus astutas miradas, haciendo su ronda nocturna.
Asustada, ante la posibilidad de que hubiesen escuchado las palabras de su marido, se dirigió a la habitación de Tomasín y le abrazó amorosamente: No te preocupes hijo, todos sabemos que eres diferente; pero no sufras, nosotros te queremos. Mañana, después de la ceremonia, cuando la orquesta inicie el primer Vals, invita a bailar a la chica más guapa. Con ese gesto, tu padre estará orgulloso de ti y yo también. Enriqueta dio un beso a su hijo y salió de la habitación. Tomasín apagó la luz y lloró toda la noche.

Mila Aumente

viernes, 15 de mayo de 2009

¡Bienvenidos de nuevo a mi Blog, amigos lectores! Os invito a leer mis dos últimas entradas: LOS OJOS DEL CORAZÓN, y DESTINO: LOS RODEOS. En ellas encontraréis dos caras de mi personalidad (no sé si tengo más). Una de ellas corresponde a la de una mujer viajera en constante búsqueda de, quizá, lo inexistente, y que sin embargo sigue subida en ese tren cuyos railes la llevan hacía lo desconocido. La otra define a una fémina extrovertida, dinámica, entusiasta y no por ello menos soñadora que la anterior. Ambas persiguen el mismo camino: el de la realización de los sueños; ésos que nos elevan a lo más alto de la felicidad.

LOS OJOS DEL CORAZÓN

Nada hay más triste que renunciar al fuego del amor. Nada supera a la tristeza de recoger las cenizas de ese incendio. Nada es peor que sentir que el rescoldo de la renuncia arde en tu vida, mientras se apaga la última llama de la tristeza. Nada es posible cuando el humo esparce hasta el infinito la última chispa de la hoguera. Nada puede unir a dos corazones rotos cuando los recuerdos se van quedando en el olvido,o quizá sí... ¡mientras la mirada del corazón siga latiendo!

Mila Aumente

DESTINO: LOS RODEOS

Espero que despeguemos en breve: ya llevamos quince minutos de retraso. Es una pena que el AVE no llegue a todas partes, en particular a las islas mágicas a las que me dirijo, poseedoras de un volcán que me atrae irremediablemente. Estoy histérica y preocupada por no poder controlar este nerviosismo de adolescente. En realidad, debería estar contenta, ya que a mis cincuenta años, ese estado anímico es lo único que me queda de aquel tiempo lejano... ¡Qué putada! Hace cuarenta y cinco minutos que, obligatoriamente, apagué el móvil y ni siquiera puedo entretenerme leyendo sus últimos mensajes.
El muy cabronazo sabe bien como desconcertarme: a veces intenta transmitirme, a través de sus textos, una sensibilidad capaz de enternecer el corazón más frío. Otras, sus frases obscenas, yo las llamaría pornografía literaria, me ponen a mil por hora. De llegar el AVE hasta las islas, sería capaz de ahorrar, aunque por ello tuviese que privarme de otros caprichos, para la compra impulsiva de billetes que me mantuvieran en ese estado de locura que explosiona como la lava del volcán que encuentro entre sus brazos.
¡Por fin hemos despegado! ¡Ya era hora! Imeldo debe estar impaciente por verme llegar al aeropuerto con mi maleta de fin de semana y mis ganas contenidas de amarle. Eso es lo que tiene no ser la legítima, aunque en honor a la verdad, a su santa le tengo un aprecio especial. Parece que la estoy viendo en aquella cena en la que coincidimos los tres... ella tan recatada, tan poquita cosa y sin intuir siquiera lo que nos traemos entre manos su marido y yo. Aquella noche no pude conciliar el sueño. Cerraba los ojos y sentía cómo la mano de Imeldo me subía la falda y acariciaba mis piernas por debajo de la mesa, mientras la sonrisa de ella, sentada enfrente de mí, me transmitía aprecio sincero. Lo cierto es que lo pasé tan mal, que esa misma noche, cuando él me llamó por teléfono para decirme que había hecho el amor con su mujer pensando en mí, decidí acabar con aquella historia que me hacía al mismo tiempo odiarle y amarle.
¡Quiero dejarle para siempre! En cuanto le vea, él lo notará porque mi saludo va a ser frío y distante. Guardaré en un lugar preferente de mi corazón los recuerdos de nuestra primera cita... incluso, quizá vuelva algún día a la habitación 305 del hotel Ritz para recordar, en solitario, la pasión que en aquel lugar viví junto a él.
La azafata acaba de indicarnos la necesidad de llevar los cinturones de seguridad abrochados ante el inminente aterrizaje.
¡Decidido! No habrá más encuentros de pasión entre Imeldo y yo. Estoy equivocando mi vida y debo cambiarla urgentemente. Éste es un viaje definitivo para asegurarme que esta relación no tiene futuro, aunque, la verdad, no sé si alguna vez tuvo presente. Es imposible que esto funcione... antes o después terminaría la relación y hoy he decidido poner fin a este capítulo de mi vida.
¡Qué horror! Ahora tres horas para recoger mi minúsculo equipaje. No debería haberlo facturado, a fin de cuentas, esta pequeña maleta coge en cualquier parte.
¡Ahí está!... ¡Dios mío! Hoy le veo más guapo que nunca, con esa barba tan arregladita, ese pelo negro brillante y esa mirada misteriosa que parece querer desnudarme... No debo flaquear en la estrategia que llevo preparando desde hace tiempo... Que no se piense ése que me tiene comiendo en su mano como si fuera una tierna paloma. Lo tengo todo planeado: voy a dejarle con la miel en los labios. Iremos a comer y después nos instalaremos en ese hotel tan romántico donde me lleva habitualmente. Allí le besaré, le acariciaré e incluso le diré que, en cuestión de amores, él es lo mejor que me ha pasado. Sin embargo, eso será todo. Le dejaré con ganas de sexo y así me recordará siempre. Después nos despediremos con un adiós emotivo y firme.
¿Qué haces Imeldo?
Te deseo más que nunca. Ven mi amor, quiero que nos olvidemos del mundo y nos amemos hasta quedarnos sin fuerzas.
Espera... quiero decirte algo importante.
Lo que tú quieras mi amor... Pídeme la luna y la tendrás. ¿Qué quieres decirme?
Imeldo... abrázame fuerte y dime que me quieres.

Mila Aumente

viernes, 8 de mayo de 2009

PURA FANTASÍA

Anoche soñé con ella. Viajábamos en Metro, uno sentado al lado del otro. Ella recostaba la cabeza sobre mi hombro, mientras la oscuridad del túnel traspasaba las ventanillas del vagón. Su destino llegó antes que el mio, y la vi alejarse entre sombras y multitudes. Su última mirada se clavó en mi corazón. Después... después, su ausencia infinita me alejó del mundo.

Mila Aumente

jueves, 23 de abril de 2009

OXÍGENO

Me encuentro frente a una hoja en blanco de este cuaderno que esconde mis secretos. El más íntimo, ése que aún no he tenido el valor de escribir, sale de mi memoria y regresa hasta el mismo lugar, tímidamente, como si tuviese miedo a enfrentarse con la vida. Él y yo estamos muertos; nos mataron las vanidades y la escoria, en un mundo incomprensible y cruel. Él, en sus intentos de viajar al exterior, sigue respirando aires de nostalgia. Yo le espero sentada en la cima del Paraíso donde habito, con el temor de que un día no regrese... Tal vez, porque ese viajero sin nombre me mantiene a la espera de un mundo sin traiciones.

Mila Aumente

viernes, 17 de abril de 2009

Comentario sobre LEÑA Y PAPEL (Alejandro Pérez García)

-AÚN TUVE FUERZAS PARA RECOGER AQUELLOS VESTIGIOS DE SU ALMA RONDADORA, DE MI ALMA ALEGRE DE TODA LA VIDA-. Con esta frase, Alejandro Pérez García transmite sentimientos de juventud, unidos a su andadura por el mundo. Leña y Papel, el cuento que da título a su reciente libro publicado, nos muestra a un gran escritor, sensible y capaz de transmitir al lector interés por el contenido de su escritura, en la que las ilusiones, los sueños y los fracasos en la vida forman parte del equipaje de todo ser humano. Por todo ello, invito a comprar este libro a todo aquel que goce con la buena lectura. En sus páginas, encontrarán reflejos de su propia existencia y la sabiduría, plasmada en papel, del buen hacer de mi compañero y amigo Alejandro Pérez García, a quien admiro profundamente y felicito por su gran obra.

Mila Aumente

El hombre de las mil caras

EL HOMBRE DE LAS MIL CARAS
No sé por qué, el viento que azota las ventanas me ha traído la sonrisa de Celia. Quizá es el deseo de volver a sentir, el que me esté llevando hasta su recuerdo. Es triste vivir entre ancianos que esperan resignados el día de su “marcha”.
Ayer, mi compañero de habitación lloró toda la noche mientras gritaba el nombre de su mujer ya muerta. Intenté consolarle sin conseguirlo. Él, en un momento de desesperación, me dijo:
–Tú no lo entiendes, jamás sobreviviré a su ausencia.
Por un instante, la imagen de Celia traspasó mi imaginación: Vi a dos adolescentes, sentados bajo la sombra de una morera, cavando un hoyo en la tierra donde escondieron todos sus sueños. <<Éste será siempre nuestro secreto –me decía–. Si no me caso contigo, durante toda mi vida, los días trece de cada mes, volveré a este lugar. Y los sueños que no haya conseguido, los buscaré bajo esta tierra.>>
Celia fue todo para mí: alegría y tristeza; hielo y volcán. Una burbuja que mantuvo vivo mi corazón hasta aquella fatídica tarde.
Al anciano viudo logré calmarle manifestándole mi envidia.
–Tienes suerte, amigo... La muerte fue lo único que pudo separaros. Algún día te contaré una historia, y entonces comprenderás que has sido un hombre muy afortunado.
Aquel amanecer fue diferente a cuantos he vivido en lo que será mi último hogar. Las campanas de la iglesia lindante repicaban con sonido de llanto. El olor a pan tostado y a leche caliente llegaba desde la lúgubre cocina hasta el comedor, donde todos los ancianos esperábamos el ansiado desayuno. Todos, menos mi compañero de habitación. Siempre he sentido que la muerte le sorprendería antes de que pudiera contarle mi historia de amor con Celia. Aún, cuando cierro los ojos, escucho la voz de ella diciéndome: >>Eres un “personaje” diferente al resto de los humanos, y por eso te quiero... ¡¡Tienes mil caras!! Es posible que, de ellas, el mundo que te rodea conozca novecientas noventa y ocho. Sin embargo, sólo yo tengo el privilegio de conocer la mejor y la peor.>>
Así era Celia: ocurrente, intuitiva, divertida, soñadora..., y muy bella. Celia se casó con otro. Sin embargo fue fiel a nuestro secreto. Acudía, cada día trece de cada mes, a aquel lugar donde enterramos nuestros sueños. Los días de frío, cubría su cuerpo con el mismo abrigo con el que los abrazos habían sellado nuestro amor. Los de lluvia, el paraguas negro con varillas rotas en el que nos cobijábamos bajo la morera permanecía intacto en nuestro recuerdo. A veces, escondido tras un arbusto, observaba detenidamente cada uno de sus movimientos. Otras, me presentaba por sorpresa e iniciábamos una especie de juego que nos devolvía al mundo de las ilusiones... >>¿A qué has venido? –me preguntaba sin perder la sonrisa–. A lo mismo que tú –le contestaba mientras nuestros ojos no dejaban de mirarse–. ¡No te creo!. Su voz burlona nos incitaba a seguir con nuestro juego particular. No quiero agotar mis ilusiones –me decía–. Por eso, cuando me marcho de este lugar, no me las llevo todas.>>
Celia emanaba alegría y tristeza a la vez. Sus ojos, de un color verdoso indefinido, iluminaban mis días y mis noches más tristes. Las hojas de la morera tintineaban al compás de la lluvia, a la vez que nuestras manos entrelazadas delataban sentimientos ocultos. Celia seguía jugando. >>¡No te hagas ilusiones! Lo nuestro es sólo un sueño del que no queremos despertar... ¿Conoces tu mejor y tu peor cara? No, dime tú cómo son –con mi contestación perseguía seguir con el juego–. Solo te diré, que la mejor forma parte de mis sueños. Y que la peor, me aleja de ti.>>
Durante un tiempo intenté indagar dentro de mí, buscando las dos caras que paulatinamente me unían y me separaban de ella. Mi fracaso en su búsqueda me llevó al desconcierto y a depender, cada día más, de nuestro extraño juego.
La noche que murió mi compañero de habitación, le pedí a la enfermera de turno una pastilla para poder dormir. Los efectos del fármaco fueron tan lentos que, antes de conciliar el sueño, tuve ocasión de recordar la última vez que vi a Celia. Llovía, el invierno amenazaba con llegar antes de lo previsto. Celia y yo nos cobijábamos bajo la morera, a la vez que nuestros ojos miraban sorprendidos cómo las hojas caídas formaban un corazón sobre nuestro secreto. Celia palideció, me abrazó contra su pecho y me dijo: >>No esperaré a que los hielos del invierno congelen nuestros sueños. Apartaré las hojas, cavaré en la tierra y me llevaré las ilusiones que nos quedan. Si haces eso moriré de pena –le dije–. ¡No lo harás! –contestó en tono burlón–. Después, añadió: Ten paciencia. Para seguir viviendo, sólo tienes que esperar a que tu juego termine.>>
Celia acertó en todo, excepto en el número de caras de las que soy poseedor: Con su ausencia, descubrí que tengo una más. Esa que ella nunca supo ver... La que no logra olvidarla.
Mila Aumente

miércoles, 11 de febrero de 2009

EL ASCENSOR

EL ASCENSOR

Sólo era una mañana más como cualquier otra de un día cotidiano. La única diferencia, por reseñar algo, es que ese día me levanté diez minutos más tarde de lo habitual. A fin de cuentas, esa circunstancia no era nada relevante, ya que tengo por costumbre poner la alarma del despertador media hora antes del tiempo que necesito para desayunar, ducharme y maquillarme, hasta verme tan segura de mí misma como para salir a la calle con la magia de alguien que quiere comerse el mundo. Aún así, esos diez minutos de retraso me contrariaron enormemente... Tal vez, esa mañana, no coincidiera con él en el ascensor... ¡Qué putada!, dije para mis adentros... ¡Tanto tiempo disfrutando de esa alegre coincidencia! Recuerdo mi primer día de trabajo y nuestro primer encuentro casual. Los dos solos en el ascensor, yo al 6º piso, él al 8º. ¡Buenos días!, me dijo... ¡Bonita mañana!, añadió. Aquella afirmación me dejó un poco perpleja. Había diluviado toda la noche y las nubes persistían en el cielo, avecinando un nuevo chaparrón. Me encantó aquel saludo tan positivo, tanto es así que, desde hace alrededor de un año que sucedió este hecho, propicio cada día ese encuentro. A veces espero en la cafetería de la esquina hasta que le veo llegar con su maletín de ejecutivo. Le miro embobada y después me hago la encontradiza con él para poder disfrutar de su compañía, seis pisos, en el interior del ascensor. Mis amigas me dicen que estoy loca por disfrutar con tan poca cosa. La verdad, sus despectivas afirmaciones no me afectan lo más mínimo. Siempre he sido muy mia. Las monjitas del colegio, donde estudié el bachillerato, decían de mí que era una niña muy rebelde. Y todo porque no compartía con ellas los proyectos de futuro que tenían para mí. Sor María solía decirme: las niñas buenas aman a Dios sobre todas las cosas, y no se pintan las uñas como tú... Nunca he logrado olvidar aquella tarde, en la clase de costura, porque la muy pécora me obligó a rasparme el esmalte de las uñas hasta que la pintura desapareció. Eso, por no hablar del día que hice mi primera comunión. Toda aquella parafernalia de los preparativos materiales y emocionales. De los primeros prefiero ni acordarme... Yo quería llevar una corona como las princesas sobre mi melena suelta. Sin embargo, mi madre se encargó de chafarme aquella ilusión. Eso sí, me llevó a la mejor peluquería que por aquel entonces existía en el barrio, y de allí salí con dos trenzas, cuyas puntas, sin trenzar, semejaban dos escobillas. Mamá dijo: éste es el peinado más adecuado para adornarlo con el casquete que lucirás en la cabeza el día que recibas a Dios por primera vez. Yo acepté resignada, ¡qué otra cosa podía hacer! Ante todo quería ser la niña buena que todos esperaban de mí.
Aquel despertar, diez minutos más tarde de lo habitual, suponía que debía agilizar mis quehaceres, y así lo hice. Llegué a la puerta de la empresa cinco minutos antes que cualquier otro día. Vacilé unos segundos entre esperar escondida en las cercanías, o ir directamente a la cafetería hasta verle llegar. El corazón parecía advertirme de que debía optar por lo segundo, porque si seguía sus impulsos descubriría una agradable sorpresa. Por un instante pensé en Juli y en María Elena... ¡Qué sabrían estas dos lo que era empezar el día con los latidos del corazón a mil por hora!... Me parecía mentira que nos conociéramos de toda la vida. Ellas, tan recatadas, tan señoras desde los pies hasta la cabeza. Yo, tan alocada, tan inconformista, siempre deseosa de llenar de ilusión esas pequeñas cavidades, vacíos a veces sin sentido que mi mente revuelve una y otra vez hasta encontrar la imaginación suficiente que me haga sentirme feliz. Comenzó a chispear mientras cruzaba la calle. Con paso firme entré en la cafetería y... ¡Lo que me imaginaba! ¡Allí estaba él! Mi primer impulso fue ir directamente a saludarle. Después recapacité unos segundos mientras pensaba: no seas lanzada, entre el encuentro y la agresión hay un largo camino; hazte la interesante y deja que la naturaleza siga su curso. Y así fue, en cuestión de breves minutos mis encantos femeninos comenzaron a surtir efecto. Fue él quien se acercó a mí diciéndome: qué casualidad, hoy nos ha apetecido a los dos entrar a la cafetería a tomar un cafetito antes de llegar a la oficina. Su comentario me pareció simple, muy propio de alguien que dice cualquier cosa para salir del paso. Sonreí y le dije: debemos darnos prisa en tomar el café, de lo contrario llegaremos tarde al trabajo. Salimos al exterior en silencio. Cruzamos la calle. Seguía chispeando. Nos miramos a los ojos mientras nuestras tormentas mentales nos encaminaban hacia el ascensor. Una vez dentro de esa especie de cajón con espejo incluido, delatador de mis ojeras mañaneras, me dijo: Vas al 6º ¿verdad?. Su voz temblorosa al formularme la pregunta hizo que sintiese una especie de ternura hacia él. Le contesté sonriendo... Sí, al 6º. Después hubo unos segundos de silencio que a mí me parecieron una eternidad. En ellos sentí calor, frío y una especie de mareo mezclado con impetuosos deseos de besarle. Cualquiera que hubiese presenciado aquella escena pensaría que se trataba de una situación ridícula; sin embargo, ambos sabíamos que estábamos comenzando un idilio en aquel momento de sostenida y perfecta felicidad. Fui yo la que rompió el hielo sobre aquel fuego que nos estaba abrasando. Le dije: Sé que tú vas al 8º, te propongo una cosa. Me acerqué a su oído y muy despacito le hice partícipe de mis intenciones. El ascensor se detuvo entre el 5º y el 6º piso, y ese día los dos llegamos una hora más tarde a nuestros puestos de trabajo. Una vez instalada, me senté frente a mi ordenador mientras revivía mentalmente los momentos de pasión que junto a él había vivido momentos antes en el interior de un ascensor. Estaba radiante de felicidad y, sin saber muy bien por qué, me vino a la imaginación la imagen de Sor María. Sonreí picara y maliciosamente mientras pensaba... ¡¡No sabes lo que te has perdido por haberte casado con Dios!!

Mila Aumente

sábado, 7 de febrero de 2009

PRIMERA ENTRADA

¡ Bienvenidos a mi blog!