miércoles, 11 de febrero de 2009

EL ASCENSOR

EL ASCENSOR

Sólo era una mañana más como cualquier otra de un día cotidiano. La única diferencia, por reseñar algo, es que ese día me levanté diez minutos más tarde de lo habitual. A fin de cuentas, esa circunstancia no era nada relevante, ya que tengo por costumbre poner la alarma del despertador media hora antes del tiempo que necesito para desayunar, ducharme y maquillarme, hasta verme tan segura de mí misma como para salir a la calle con la magia de alguien que quiere comerse el mundo. Aún así, esos diez minutos de retraso me contrariaron enormemente... Tal vez, esa mañana, no coincidiera con él en el ascensor... ¡Qué putada!, dije para mis adentros... ¡Tanto tiempo disfrutando de esa alegre coincidencia! Recuerdo mi primer día de trabajo y nuestro primer encuentro casual. Los dos solos en el ascensor, yo al 6º piso, él al 8º. ¡Buenos días!, me dijo... ¡Bonita mañana!, añadió. Aquella afirmación me dejó un poco perpleja. Había diluviado toda la noche y las nubes persistían en el cielo, avecinando un nuevo chaparrón. Me encantó aquel saludo tan positivo, tanto es así que, desde hace alrededor de un año que sucedió este hecho, propicio cada día ese encuentro. A veces espero en la cafetería de la esquina hasta que le veo llegar con su maletín de ejecutivo. Le miro embobada y después me hago la encontradiza con él para poder disfrutar de su compañía, seis pisos, en el interior del ascensor. Mis amigas me dicen que estoy loca por disfrutar con tan poca cosa. La verdad, sus despectivas afirmaciones no me afectan lo más mínimo. Siempre he sido muy mia. Las monjitas del colegio, donde estudié el bachillerato, decían de mí que era una niña muy rebelde. Y todo porque no compartía con ellas los proyectos de futuro que tenían para mí. Sor María solía decirme: las niñas buenas aman a Dios sobre todas las cosas, y no se pintan las uñas como tú... Nunca he logrado olvidar aquella tarde, en la clase de costura, porque la muy pécora me obligó a rasparme el esmalte de las uñas hasta que la pintura desapareció. Eso, por no hablar del día que hice mi primera comunión. Toda aquella parafernalia de los preparativos materiales y emocionales. De los primeros prefiero ni acordarme... Yo quería llevar una corona como las princesas sobre mi melena suelta. Sin embargo, mi madre se encargó de chafarme aquella ilusión. Eso sí, me llevó a la mejor peluquería que por aquel entonces existía en el barrio, y de allí salí con dos trenzas, cuyas puntas, sin trenzar, semejaban dos escobillas. Mamá dijo: éste es el peinado más adecuado para adornarlo con el casquete que lucirás en la cabeza el día que recibas a Dios por primera vez. Yo acepté resignada, ¡qué otra cosa podía hacer! Ante todo quería ser la niña buena que todos esperaban de mí.
Aquel despertar, diez minutos más tarde de lo habitual, suponía que debía agilizar mis quehaceres, y así lo hice. Llegué a la puerta de la empresa cinco minutos antes que cualquier otro día. Vacilé unos segundos entre esperar escondida en las cercanías, o ir directamente a la cafetería hasta verle llegar. El corazón parecía advertirme de que debía optar por lo segundo, porque si seguía sus impulsos descubriría una agradable sorpresa. Por un instante pensé en Juli y en María Elena... ¡Qué sabrían estas dos lo que era empezar el día con los latidos del corazón a mil por hora!... Me parecía mentira que nos conociéramos de toda la vida. Ellas, tan recatadas, tan señoras desde los pies hasta la cabeza. Yo, tan alocada, tan inconformista, siempre deseosa de llenar de ilusión esas pequeñas cavidades, vacíos a veces sin sentido que mi mente revuelve una y otra vez hasta encontrar la imaginación suficiente que me haga sentirme feliz. Comenzó a chispear mientras cruzaba la calle. Con paso firme entré en la cafetería y... ¡Lo que me imaginaba! ¡Allí estaba él! Mi primer impulso fue ir directamente a saludarle. Después recapacité unos segundos mientras pensaba: no seas lanzada, entre el encuentro y la agresión hay un largo camino; hazte la interesante y deja que la naturaleza siga su curso. Y así fue, en cuestión de breves minutos mis encantos femeninos comenzaron a surtir efecto. Fue él quien se acercó a mí diciéndome: qué casualidad, hoy nos ha apetecido a los dos entrar a la cafetería a tomar un cafetito antes de llegar a la oficina. Su comentario me pareció simple, muy propio de alguien que dice cualquier cosa para salir del paso. Sonreí y le dije: debemos darnos prisa en tomar el café, de lo contrario llegaremos tarde al trabajo. Salimos al exterior en silencio. Cruzamos la calle. Seguía chispeando. Nos miramos a los ojos mientras nuestras tormentas mentales nos encaminaban hacia el ascensor. Una vez dentro de esa especie de cajón con espejo incluido, delatador de mis ojeras mañaneras, me dijo: Vas al 6º ¿verdad?. Su voz temblorosa al formularme la pregunta hizo que sintiese una especie de ternura hacia él. Le contesté sonriendo... Sí, al 6º. Después hubo unos segundos de silencio que a mí me parecieron una eternidad. En ellos sentí calor, frío y una especie de mareo mezclado con impetuosos deseos de besarle. Cualquiera que hubiese presenciado aquella escena pensaría que se trataba de una situación ridícula; sin embargo, ambos sabíamos que estábamos comenzando un idilio en aquel momento de sostenida y perfecta felicidad. Fui yo la que rompió el hielo sobre aquel fuego que nos estaba abrasando. Le dije: Sé que tú vas al 8º, te propongo una cosa. Me acerqué a su oído y muy despacito le hice partícipe de mis intenciones. El ascensor se detuvo entre el 5º y el 6º piso, y ese día los dos llegamos una hora más tarde a nuestros puestos de trabajo. Una vez instalada, me senté frente a mi ordenador mientras revivía mentalmente los momentos de pasión que junto a él había vivido momentos antes en el interior de un ascensor. Estaba radiante de felicidad y, sin saber muy bien por qué, me vino a la imaginación la imagen de Sor María. Sonreí picara y maliciosamente mientras pensaba... ¡¡No sabes lo que te has perdido por haberte casado con Dios!!

Mila Aumente

sábado, 7 de febrero de 2009

PRIMERA ENTRADA

¡ Bienvenidos a mi blog!