jueves, 23 de abril de 2009

OXÍGENO

Me encuentro frente a una hoja en blanco de este cuaderno que esconde mis secretos. El más íntimo, ése que aún no he tenido el valor de escribir, sale de mi memoria y regresa hasta el mismo lugar, tímidamente, como si tuviese miedo a enfrentarse con la vida. Él y yo estamos muertos; nos mataron las vanidades y la escoria, en un mundo incomprensible y cruel. Él, en sus intentos de viajar al exterior, sigue respirando aires de nostalgia. Yo le espero sentada en la cima del Paraíso donde habito, con el temor de que un día no regrese... Tal vez, porque ese viajero sin nombre me mantiene a la espera de un mundo sin traiciones.

Mila Aumente

viernes, 17 de abril de 2009

Comentario sobre LEÑA Y PAPEL (Alejandro Pérez García)

-AÚN TUVE FUERZAS PARA RECOGER AQUELLOS VESTIGIOS DE SU ALMA RONDADORA, DE MI ALMA ALEGRE DE TODA LA VIDA-. Con esta frase, Alejandro Pérez García transmite sentimientos de juventud, unidos a su andadura por el mundo. Leña y Papel, el cuento que da título a su reciente libro publicado, nos muestra a un gran escritor, sensible y capaz de transmitir al lector interés por el contenido de su escritura, en la que las ilusiones, los sueños y los fracasos en la vida forman parte del equipaje de todo ser humano. Por todo ello, invito a comprar este libro a todo aquel que goce con la buena lectura. En sus páginas, encontrarán reflejos de su propia existencia y la sabiduría, plasmada en papel, del buen hacer de mi compañero y amigo Alejandro Pérez García, a quien admiro profundamente y felicito por su gran obra.

Mila Aumente

El hombre de las mil caras

EL HOMBRE DE LAS MIL CARAS
No sé por qué, el viento que azota las ventanas me ha traído la sonrisa de Celia. Quizá es el deseo de volver a sentir, el que me esté llevando hasta su recuerdo. Es triste vivir entre ancianos que esperan resignados el día de su “marcha”.
Ayer, mi compañero de habitación lloró toda la noche mientras gritaba el nombre de su mujer ya muerta. Intenté consolarle sin conseguirlo. Él, en un momento de desesperación, me dijo:
–Tú no lo entiendes, jamás sobreviviré a su ausencia.
Por un instante, la imagen de Celia traspasó mi imaginación: Vi a dos adolescentes, sentados bajo la sombra de una morera, cavando un hoyo en la tierra donde escondieron todos sus sueños. <<Éste será siempre nuestro secreto –me decía–. Si no me caso contigo, durante toda mi vida, los días trece de cada mes, volveré a este lugar. Y los sueños que no haya conseguido, los buscaré bajo esta tierra.>>
Celia fue todo para mí: alegría y tristeza; hielo y volcán. Una burbuja que mantuvo vivo mi corazón hasta aquella fatídica tarde.
Al anciano viudo logré calmarle manifestándole mi envidia.
–Tienes suerte, amigo... La muerte fue lo único que pudo separaros. Algún día te contaré una historia, y entonces comprenderás que has sido un hombre muy afortunado.
Aquel amanecer fue diferente a cuantos he vivido en lo que será mi último hogar. Las campanas de la iglesia lindante repicaban con sonido de llanto. El olor a pan tostado y a leche caliente llegaba desde la lúgubre cocina hasta el comedor, donde todos los ancianos esperábamos el ansiado desayuno. Todos, menos mi compañero de habitación. Siempre he sentido que la muerte le sorprendería antes de que pudiera contarle mi historia de amor con Celia. Aún, cuando cierro los ojos, escucho la voz de ella diciéndome: >>Eres un “personaje” diferente al resto de los humanos, y por eso te quiero... ¡¡Tienes mil caras!! Es posible que, de ellas, el mundo que te rodea conozca novecientas noventa y ocho. Sin embargo, sólo yo tengo el privilegio de conocer la mejor y la peor.>>
Así era Celia: ocurrente, intuitiva, divertida, soñadora..., y muy bella. Celia se casó con otro. Sin embargo fue fiel a nuestro secreto. Acudía, cada día trece de cada mes, a aquel lugar donde enterramos nuestros sueños. Los días de frío, cubría su cuerpo con el mismo abrigo con el que los abrazos habían sellado nuestro amor. Los de lluvia, el paraguas negro con varillas rotas en el que nos cobijábamos bajo la morera permanecía intacto en nuestro recuerdo. A veces, escondido tras un arbusto, observaba detenidamente cada uno de sus movimientos. Otras, me presentaba por sorpresa e iniciábamos una especie de juego que nos devolvía al mundo de las ilusiones... >>¿A qué has venido? –me preguntaba sin perder la sonrisa–. A lo mismo que tú –le contestaba mientras nuestros ojos no dejaban de mirarse–. ¡No te creo!. Su voz burlona nos incitaba a seguir con nuestro juego particular. No quiero agotar mis ilusiones –me decía–. Por eso, cuando me marcho de este lugar, no me las llevo todas.>>
Celia emanaba alegría y tristeza a la vez. Sus ojos, de un color verdoso indefinido, iluminaban mis días y mis noches más tristes. Las hojas de la morera tintineaban al compás de la lluvia, a la vez que nuestras manos entrelazadas delataban sentimientos ocultos. Celia seguía jugando. >>¡No te hagas ilusiones! Lo nuestro es sólo un sueño del que no queremos despertar... ¿Conoces tu mejor y tu peor cara? No, dime tú cómo son –con mi contestación perseguía seguir con el juego–. Solo te diré, que la mejor forma parte de mis sueños. Y que la peor, me aleja de ti.>>
Durante un tiempo intenté indagar dentro de mí, buscando las dos caras que paulatinamente me unían y me separaban de ella. Mi fracaso en su búsqueda me llevó al desconcierto y a depender, cada día más, de nuestro extraño juego.
La noche que murió mi compañero de habitación, le pedí a la enfermera de turno una pastilla para poder dormir. Los efectos del fármaco fueron tan lentos que, antes de conciliar el sueño, tuve ocasión de recordar la última vez que vi a Celia. Llovía, el invierno amenazaba con llegar antes de lo previsto. Celia y yo nos cobijábamos bajo la morera, a la vez que nuestros ojos miraban sorprendidos cómo las hojas caídas formaban un corazón sobre nuestro secreto. Celia palideció, me abrazó contra su pecho y me dijo: >>No esperaré a que los hielos del invierno congelen nuestros sueños. Apartaré las hojas, cavaré en la tierra y me llevaré las ilusiones que nos quedan. Si haces eso moriré de pena –le dije–. ¡No lo harás! –contestó en tono burlón–. Después, añadió: Ten paciencia. Para seguir viviendo, sólo tienes que esperar a que tu juego termine.>>
Celia acertó en todo, excepto en el número de caras de las que soy poseedor: Con su ausencia, descubrí que tengo una más. Esa que ella nunca supo ver... La que no logra olvidarla.
Mila Aumente