viernes, 19 de junio de 2009

19 de Junio de 2009

¡Hola, amigos lectores! Aquí tenéis mis dos nuevas creaciones. Ambas son de color gris oscuro... ¡Qué triste! Otro día, escribiré algo parecido (según algunas opiniones) a novela rosa. Confieso, que me encanta escribir ese tipo de cuentos. ¡Ojalá la vida tuviese alguna similitud con ese bonito color!

Mila Aumente

A MI TÍA LUCI

Cubiertos con sábanas negras, cada noche, los fantasmas de aquella casa se asoman al balcón. Desde sus ojos sin vida observan el mundo. Yo, a la misma hora, desde mi cama, me uno a ellos y cambio sus fúnebres atuendos por otros de exacto diseño, pero de color blanco. Después, todos juntos entramos al interior de la casa donde el olor a vida aún baila sobre las alfombras y el silencio de las paredes llora su dolor. En ese instante, una mujer morena y alegre como un mundo desconocido, desde sus ojos chispeantes, me regala caricias y sueños. Horas más tarde, amanece. Los fantasmas se esconden bajo las camas vacías. Yo cierro los ojos y sonrío, mientras veo cómo caen mis lágrimas en ese río por cuya corriente transcurren sus cenizas.

Mila Aumente

ACONTECIMIENTO FELIZ

Todo estaba preparado para la boda de Carlos. Su abuelo, D. Tomás, había utilizado sus influencias para que en el convite no faltara de nada: unas barras de pan rellenas de jamón y abundantes jarras de limonada yacían encima de las mesas de madera plegables. Su padre y sus hermanos, Federico y Tomás, aireaban los trajes que habitualmente utilizaban para bodas y entierros, ilusionados con poder lucirlos en esta ocasión, en la que suponían sería el día más feliz de la vida de su hermano. En aquel tiempo corrían los años cincuenta. Los medios de locomoción eran escasos y dificultosos, por lo que Enriqueta, que así se llamaba la madre de estos tres hermanos, acondicionó con esmero dos habitaciones de la vivienda para recibir paulatinamente a todos los invitados procedentes de otras ciudades. Carlos y Federico eran fuertes como robles. Su fama de mujeriegos era pública y notoria en el pequeño pueblo donde vivían. D. Anselmo, que así llamaban a su padre todos los habitantes de aquella localidad, sentía gran orgullo por aquellos dos seres que él denominaba como “su gran cosecha”.
Tomasín era el menor de los hermanos. Desde que nació, toda la familia le había considerado diferente. Su exquisita sensibilidad, su introversión y sus ademanes afeminados le fueron marginando en su entorno habitual. Tenía dieciocho años, y a Enriqueta le costaría mucho disfrazar el comportamiento extraño de su pobre hijo ante todos los familiares que ya estaban a punto de llegar para asistir a la boda.
La noche anterior al gran acontecimiento, D. Anselmo reunió en la intimidad a D. Tomás -su padre-, a su mujer y a sus tres hijos. Todos, alrededor de la chimenea, representaban la estampa de una familia feliz. Tomasín, retraído, escuchaba las palabras de su padre, mientras una mezcla de sentimientos, entre admiración, tristeza, frustración y miedo, recorría todos sus sentidos.
Su padre, en tono autoritario, se dirigió al futuro novio: Carlos, me siento muy orgulloso de ti, te llevas una mujer “de bandera”. Federico escuchaba a su padre, sintiéndose muy identificado con él, mientras Enriqueta observaba discretamente los ojos humedecidos de Tomasín.
Esa misma noche, los invitados, ya instalados en sus habitaciones, escuchaban confundidos el irremediable llanto del menor de los hermanos. Enriqueta, alarmada, salió de su cama mientras escuchaba los reproches de su marido: ¡Toda la culpa la tienes tú!, le dijo... Siempre quisiste tener una niña y lo que tienes es un maricón. Enriqueta cerró la ventana entreabierta, mientras divisaba a través de los cristales a una pareja de guardias civiles, con sus capas verdes, sus tricornios y sus astutas miradas, haciendo su ronda nocturna.
Asustada, ante la posibilidad de que hubiesen escuchado las palabras de su marido, se dirigió a la habitación de Tomasín y le abrazó amorosamente: No te preocupes hijo, todos sabemos que eres diferente; pero no sufras, nosotros te queremos. Mañana, después de la ceremonia, cuando la orquesta inicie el primer Vals, invita a bailar a la chica más guapa. Con ese gesto, tu padre estará orgulloso de ti y yo también. Enriqueta dio un beso a su hijo y salió de la habitación. Tomasín apagó la luz y lloró toda la noche.

Mila Aumente