lunes, 28 de septiembre de 2009

CARA Y CRUZ



No me preguntes si hay alguien que sufra mi dolor. Ni me pidas la luna; me queda muy lejos. Acepta la oscuridad de aquellas noches, en las que tu ausencia lloraba en mi almohada.
Mila Aumente

lunes, 14 de septiembre de 2009

La telaraña, el relato que publico a continuación, contiene palabras que pueden herir la sensibilidad de algunas personas. Mis disculpas.






A Javier Ribas Tálens, por su gran sentido del humor

LA TELARAÑA

La cena fue perfecta: centollo, gambas, ostras... Todo regado con el mejor vino blanco, que entraba en nuestros cuerpos con la misma facilidad que el amor por las puertas de la adolescencia. La muy ignorante pensó que el marisco saboreado con inmenso placer, pronto surtiría efectos afrodisíacos en Vicente. Y que juntos recordarían activamente los revolcones de su noche de bodas, veinticinco años después. Llegaron a casa a las cinco de la mañana. Julia entró en el cuarto de baño, se desmaquilló y se dio una ducha ligera, por aquello de quitarse el sudor y el olor a tabaco de una noche de juerga. ¡Qué silencioso está éste! ¡No me hará la faena de quedarse dormido!, pensó.
Los ronquidos provenientes del dormitorio matrimonial evaporaron las dos gotas de Chanel nº 5 que había puesto en su cuello, para tener cierta similitud con Marilyn Monroe. Y el tanga de color rojo que su cuerpo lucía como único atuendo, le pareció una prenda desaprovechada ante semejante situación: Vicente roncaba tendido en la cama, vestido y con los zapatos puestos. Aquel paisaje tan desolador rompió las ilusiones de Julia, borrando su pasado feliz junto a él. Nerviosa, deambuló por los noventa metros cuadrados que llevaban compartiendo desde hacia un cuarto de siglo. Sus tres hijos estaban de “marcha”, por lo que disponía de tres camas libres para poder llorar su deseo y su rabia. Impaciente, con la mente enajenada, visitó las tres habitaciones, el salón y la cocina. Todo fue inútil: los ronquidos de Vicente llegaban hasta el extremo más alejado de su dormitorio.
¡Cerdo! ¿Cómo me puedes hacer esto?, pensó a la vez que una mezcla de angustia y mala leche la invitaron a cubrir su cuerpo semidesnudo con la bata guateada que conservaba desde hacia veinticinco años. Aquella antigüedad (me refiero a la bata), era la única verdad que le quedaba de aquel tiempo lejano.
Julia, en un arrebato de impotencia, abrió la puerta de salida, entró en el ascensor y bajó al cuarto trastero. Una telaraña colgando en aquel espacio de diez metros parecía moverse al advertir su presencia. Y ella, al ser consciente de su percepción, comenzó a hablar con la mirada dirigida al ángulo de tan deprimente estancia.
¡Ya no le pongo, estoy segura!.. No tengo que preocuparme. Su indiferencia sólo es la causa del cansancio y del estrés... Pobrecillo, trabaja demasiadas horas para que nosotros cuatro vivamos como marqueses. Además, cuando llega a casa siempre me encuentra con la bata puesta. Y tengo que reconocer , que ese detalle se la baja a cualquiera. ¡¡ Y una mierda!! El muy asqueroso no tiene justificación. En la discoteca he observado la lujuria con la que me miraban los tíos. ¡Ése no sabe lo que se está perdiendo; estoy buenísima! Un poco fondona, también es verdad. Sí, definitivamente es muy jodido acercarse a los cincuenta. Sin embargo, a mí, este tío no me come la moral. ¡Faltaría más!... Seguro que tiene alguna amante. A partir de mañana, cuando proyecte algún viaje de negocios, me fijaré detenidamente en el tipo de ropa interior que lleva en su equipaje. Él es muy coqueto y cuida con esmero esos detalles.
Yo también debería echarme un amante; a él este tanga que llevo puesto le pondría a mil por hora. No como a Vicente, que a buen seguro seguirá emitiendo esos ronquidos con sonido de búfalo, o de truenos en una casa desierta... ¡Cuántas cajas de zapatos hay aquí! Tengo que bajar cualquier día a ordenar este cuarto... Voy a mirar el móvil; seguro que Vicente me ha echado de menos y en cualquier momento llama o escribe. ¡Qué frío tengo y qué ridícula me siento!
Estoy entre cuatro paredes rodeada de trastos y juguetes de cuando nuestros hijos eran pequeños; ahí veo asomar la cabeza de la muñeca que regalamos a Susana el día de su séptimo cumpleaños. La niña, entusiasmada con su regalo, me dijo: Mamá cundo sea mayor quiero ser como tú y tener una hija igual que esta muñeca. Mañana le diré a Susana que no quiero que se parezca a mí en casi nada. Vamos, que sea todo lo puta que yo no he sido, más lo que le corresponda por la época que le ha tocado vivir. También le diré, que los tíos, incluyendo a su hermanos, son todos iguales: desleales e infieles. Resumiendo: auténticos gilipollas que nos rompen el corazón sin piedad ni posibilidad de arreglo. Y que sin embargo, gran parte del sector femenino no podemos prescindir de ellos... ¡¡Este cerdo ni llama ni escribe!! Tengo frío; ya son las ocho de la mañana; voy a subir a casa.
Lo que me imaginaba: Sigue roncando... ni siquiera ha advertido mi ausencia. ¡Cerdo, más que cerdo, te los voy a poner de todos los colores! Voy a intentar calmarme.
El miércoles por la noche veré en televisión mi serie favorita: El protagonista es un cincuentón que... ¡¡está buenísimo, y además me pone!! Total, Vicente pasa de mí y yo paso de todos los tíos que me voy encontrando por la vida. Sexualmente, ¿qué me queda?... Está clarísimo: montármelo con personajes de ficción... Al menos, ellos no podrán hacerme lo que hoy me ha hecho Vicente.

Mila Aumente

martes, 8 de septiembre de 2009

PERSEVERANCIA

La noche me sorprende buscándote por caminos imaginarios, sorteando obstáculos, centrada en mi búsqueda. Entre la sombras de la oscuridad, una voz me dice que la única senda es la trazada por uno mismo. En ella, apareces y desapareces como los sueños incumplidos. Veo transcurrir mi tiempo y doy posada a mis desvaríos. Más tarde, cuando el amanecer anuncia un nuevo día, regreso al punto de partida. Y vivo el inmenso gozo de escuchar el eco de tus pisadas mientras saboreo el beso que aún no me has dado.
Mila Aumente

martes, 1 de septiembre de 2009

LA BODA

A mi hijo Rubén

En el atardecer del día veintidós de Agosto de dos mil nueve, en la iglesia de Los Jerónimos, de Madrid, se respiran aromas de azahar e ilusión. Una mujer emocionada acompaña a su hijo hasta El Altar Mayor. Viste atuendo de color verde esmeralda; pendientes y sortija a juego. Su rostro permanece sereno, como el mar en calma. Y a pesar de que hay signos en su semblante que delatan el paso del tiempo, los invitados a la ceremonia elogian su belleza, aún no marchita. Esa misma mujer, a la misma hora, revuelve entre el archivo de sus recuerdos y deja volar su memoria hasta su día más feliz: Ahora, es veintisiete de Septiembre de mil novecientos setenta y cuatro; apenas tiene veinte años de edad y su adolescencia, todavía, pasea continuamente por su corazón. Siente dolor y el estallido de sus entrañas. Seguidamente, los gemidos de una nueva vida. Ella llora, llora de emoción. Mira a los ojos del recién nacido e intenta transmitirle el sentimiento que acaba de descubrir. Está aturdida, y se siente incapaz de asimilar “el milagro” que ha sucedido. Sin embargo, un instinto le llega desde muy adentro, quizá desde donde el alma se oculta. Toma en sus brazos al niño que acaba de nacer y le ofrece como alimento sus pezones adolescentes. En ese instante, comprende que su destino ya está escrito.

La mujer del traje verde paraliza el retroceder del tiempo. La realidad del presente vuelve a situarla en la calurosa tarde de Agosto: está siendo la madrina de boda del mayor de sus dos hijos... El tiempo ha pasado irremediablemente, y con él se han ido quedando frustraciones y sueños. Ella sonríe. Sabe que todo se va quedando en el olvido, excepto los recuerdos felices, ésos que permanecen vivos en el corazón hasta su último suspiro... como la primera mirada de “aquel bebé”.

Mila