miércoles, 29 de septiembre de 2010

SIN COSTURA



El dedal de ilusiones, la aguja de proyectos, el hilo de color blanco como el rasgado velo de tul que se ha quedado huérfano en el rincón más próximo al olvido, viajan por el mar ante la atenta mirada de la niña de los ojos verdes. Ella permanece inmóvil, apenas pestañea. Siente una agridulce sensación de vértigo al contemplar cómo, abrazados a las olas, se alejan sus sueños disfrazados de una caja de costura. Por un instante, la niña cierra sus ojos verdes y detiene el tiempo y el recuerdo: ahora sonríe, ya no hay uñas afiladas ni fisuras en su memoria. Sólo un manto blanco, sobre su lánguida melena, tan igual a las primeras nieves del invierno.

domingo, 5 de septiembre de 2010

El Funeral de un Cobarde

De la novela inédita "El Funeral de un Cobarde" (Mila Aumente)

Acaban de darme el alta en el psiquiátrico. Los médicos dicen que ya estoy bien, que puedo salir al exterior y enfrentarme nuevamente a la vida… ¡Qué ignorantes! Creo que les he engañado a todos. Más de un año, encerrada, sedada, recibiendo charlas basadas en estudios científicos. Posiblemente estas eminencias, expertos en problemas de coco, también conozcan las dolencias del corazón; pero claro, ese no es su cometido, para ese menester está Don Pablo…
¡Qué cura tan original! Todos los domingos viene a visitarme; le echaré de menos cuando traspase esa puerta por última vez. Yo sé que sus intenciones son invitarme, muy sutilmente, a la misa de doce: "Hija mía, los designios de Dios son inescrutables. Él conoce tu aflicción, y seguro que te tiene preparada la recompensa que mereces. Debes animarte a escuchar Su Palabra mediante la Eucaristía… Hija, sé cristiana y acude a la Santa Misa".
Don Pablo me cae bien, creo que es un buen hombre. Está claro que, tras la sotana, esconde su ramalazo gay; seguro que se hizo cura para esconder su orientación sexual. Algunos domingos he bajado a la capilla, sobre todo los que no he tomado las pastillas relajantes de la mañana. Las enfermeras me tienen afecto y confían en mí, por eso dejan los medicamentos encima de mi mesita de noche con la seguridad de que me los tomaré religiosamente. Odio la sensación de estar colgada, no me permite pensar y eso no me gusta.
Llegué hasta aquí por iniciativa propia. El recuerdo del hombre que más he amado me ha perseguido durante toda mi existencia, creándome un equipaje imposible de llevar. Tanta carga me hizo perder el equilibrio y la confianza en mí. La alarma se disparó cuando algunas noches, al acostarme, deseaba no volver a ver la luz del nuevo día...