sábado, 19 de marzo de 2011

INSOMNIO




A veces, al acostarme por las noches y no poder dormir, imagino mariposas de colores revoloteando por mi habitación dando luz a la niebla de un pasado lejano. Cierro los ojos y veo bajar las escaleras del metro, saltando los escalones de tres en tres, a una adolescente que tiene miedo a no llegar puntual a su cita. Esa misma persona, en otra ocasión, le pide prestadas cien pesetas a una vecina para pagar la carrera de un taxi –el amor ha llegado por primera vez hasta su corazón y aprovecha hasta el último minuto saboreando sus placeres–. Más tarde, al llegar a su casa, su espíritu inquieto rememora lo vívido escondiéndolo en el lugar más íntimo de sus pensamientos. Y cuando las mariposas se alejan a través de mi ventana, la nostalgia y el silencio se duermen con ella. En esas horas, hasta que el alba la despierta, sueña con mariposas negras que le hacen llorar. El amanecer la socorre de su angustia. Escucha el sonido del despertador, el trasiego del ascensor del edificio, el ruido infernal de los coches que llega desde el exterior, la voz grabada en la memoria de un dulce recuerdo y la de un joven que, desde la puerta de la habitación, le dice: –Buenos días, mamá. Necesito cincuenta euros para comprarme unas zapatillas–. Es de día y estoy despierta. No tengo que justificar ante nadie mis horarios de regreso a casa ni pedir prestado para pagar un taxi. Vivo el presente, con ese sentimiento agridulce que produce las heridas del dolor y la felicidad del instante. Y acepto las arrugas del paso del tiempo reflejadas en el espejo. Sin embargo, al atardecer, cuando empiezo a sentir la noche cerca, algo extraño recorre mis sentidos. Sigilosa entro en mi habitación y busco mariposas revoloteando, por si, cuando me acueste y las sábanas acaricien mi piel, el sueño no me alcanza.