miércoles, 12 de diciembre de 2012

AFIRMACIÓN

¡Estoy enfadadísima! Y todo por culpa de un sueño. Pero no un sueño de esos que te hacen recorrer el universo con el pensamiento, ¡no! Se trata de ese estado ausente que durante la noche te mantiene en duermevela. Y es que, debo reconocerlo, hasta durmiendo soy perseverante: aparecía el sueño y… ¡pumba!, me despertaba. Pero yo erre que erre dando muestras de mi persistente terquedad. Y en estado consciente, o algo similar, volvían a mi mente las imágenes visitadas en mi subconsciente mientras dormía y el mundo parecía haberse detenido. Una servidora es conocedora de sus cualidades, sus limitaciones y sus defectos, aunque ya me encargo yo de difuminar estos últimos, muy sutilmente, e intentar que pasen desapercibidos; que para mirarlos con lupa ya están los otros: esos humanos deseosos de distorsionar realidades, viendo defectos ajenos donde solo existen virtudes. El mal que padece esa parte considerable de la población tiene un nombre que, de momento, voy a omitir. Allá ellos con su querer averiguar sobre este o aquel, lo que quizá ignoren de su propia identidad. Pues eso, que el sueño de anoche me ha despistado y, además, cabreado. Yo suelo ir por la vida a mi bola. Sin que me altere el orden que a la vecina del séptimo, siendo tres de familia, se le haya quedado pequeño su piso de 75 m2, y que por esa causa tan dramática se haya mudado con su pequeña prole a un chalé con piscina, pádel, gimnasio, sauna y demás servicios pijos. También es cierto que tanta modernidad, con lo que está cayendo por el mundo y aunque me importe un pito lo que haga la vecina del séptimo y las de sus alrededores, me agota y me supera. Para qué lo voy a negar. ¡A mí me va a venir con cuentos! En mi casa, de los mismos metros que la suya, hemos dormido cuatro… y todos estirados; nada de hacinados ni compartiendo cama. Porque eso sí, el lecho, si se utiliza solo para dormir o, en su defecto, para soñar, debe ser individual. Es mucho más higiénico. Tampoco trastocan mi vivir todos esos amantes de viajar que hacen alardes de su buen bolsillo, y que después de regresar al punto de partida se empeñan en machacarte las neuronas invitándote a casa a tomar café, cuando la única finalidad de esa invitación es la de que compartas con ellos el vídeo íntegro de su feliz viaje. ¡Qué egoísmo! Yo no involucro a nadie en mis particulares excursiones. ¡Y mira que viajo! Eso sí, para mis desplazamientos no necesito tener la cartera repleta de billetes, ni subir en avión ni en coche ni en cualquier otro medio de locomoción. Desde la cocina de mi casa viajo por el mundo entero: visito lugares en los que ya estuve en algún momento de mi andadura y otros en los que no me conocen porque no he estado nunca. Cambio de ciudad y situación a velocidades supersónicas, y todo ello sin costarme un euro, que la cosa está jodida y hay que ahorrar. ¡Qué me va a contar a mí la vecina del séptimo! Pues sí, el sueño de esta noche me ha despistado y no es para menos. Yo que suelo, con frecuencia, recrearme en tiempos pasados por aquello de que no existe nada mejor que ser joven, me encuentro con que la temática que me ha mantenido inquieta toda la noche se desarrollaba en un tiempo que, si Dios quiere, aún está por llegar. Es cierto que soy una romántica empedernida desde que peinaba coletas, pero de ahí a lo que he sido consciente al despertar, va un abismo: la repetida escena se desarrollaba en un Asilo de Ancianos llamado pomposamente, en la actualidad, Hotel Residencia de Mayores. Por ahí andaba yo, paseando por sus largos y lúgubres pasillos, toda peripuesta, haciendo alarde de aquello de genio y figura hasta la sepultura. En lo de genio estoy de acuerdo; en cuanto a la figura habría mucho que hablar de ello, para qué vamos a negarlo. Otros abuelillos parecían tener menos suerte: necesitaban asistencia del personal del centro para que les empujasen la silla de ruedas en las que permanecían postrados. Y allí, en el salón común, donde las ancianas más despiertas veían en la tele Sálvame Deluxe como no podía ser de otra manera… y hasta ahí todo normal, una pareja de ancianos entrelazaban sus manos, sentados en un sofá uno pegadito al otro, y la mujer reposaba la cabeza en el hombro de él. Aquella imagen representaba la felicidad en todo su concepto: era el amor de dos personas que esperaban juntos el adiós definitivo. Sí, estoy enfurecida; como no tenía pocos defectos, debo ser justa y adjudicarme uno más: esta mañana, al despertar, he comprendido que también soy envidiosa.